Nunca me he sentido cómodo con el diagnóstico de cólico del lactante (CIE-10-CM R10.83). De hecho, no creo haberlo utilizado nunca. Prefiero los diagnósticos que puedo respaldar con análisis de laboratorio o hallazgos físicos. Gran parte de mi incomodidad proviene del temor a que si etiqueto a un niño “con cólico “, la familia y otros profesionales de la salud dejen de considerar otras explicaciones para el aparente dolor del bebé. La arteria coronaria izquierda anómala procedente de la arteria pulmonar es un ejemplo poco frecuente de una afección grave que podría diagnosticarse erróneamente como cólico. La invaginación intestinal intermitente es otro.
Dr. William G. Wilkoff
Es posible que describa el comportamiento de un lactante como “típico del cólico”. Sin embargo, he intentado evitar utilizar los términos “cólico” o “típico del cólico” al hablar con los padres, ya que pueden desencadenar una avalancha de prejuicios, creencias populares y remedios potencialmente peligrosos. Aplicar la regla de los tres (tres horas al día, tres días a la semana, durante más de tres semanas) para cumplir los criterios del diagnóstico nunca me ha parecido lógico. Es demasiado arbitraria y puede utilizarse simplemente como una forma aparentemente oficial de dar largas a la familia preocupada por un niño que se encuentra mal.
Si se pidiera a una amplia variedad de personas, entre ellas profesionales de la salud, que plantearan una hipótesis sobre la causa del cólico, sospecho que la respuesta más frecuente sería un problema relacionado con el manejo de los gases. Es fácil comprender por qué las respuestas se centrarían en los gases. Los lactantes pequeños, incluso aquellos que no padecen cólicos, son propensos a regurgitar, eructar, expulsar gases y realizar deposiciones con una fuerza de proyección asombrosa. Es natural interpretar estos fenómenos a la luz de nuestras propias y dolorosas experiencias adultas con los gases intestinales. ¿Pero es esa una extrapolación acertada?
Recientemente he encontrado dos artículos que respaldan mi recomendación de actuar con cautela al considerar los gases como causa cuando se sugiere que un bebé tiene cólico. El primero es un estudio publicado en JAMA Network Open,diseñado para determinar si los biberones con válvula en el fondo reducen el riesgo de molestias gastrointestinales leves en comparación con los biberones con válvula de la tetina. Tras analizar a un grupo de más de 1.000 bebés chinos con rango de edad entre 0 y 90 días divididos en dos grupos iguales, los investigadores no observaron reducción significativa de las molestias gastrointestinales leves en aquellos alimentados con biberones con válvula en el fondo.[1]
Aunque este estudio sugiere que el control del aire podría no estar relacionado con los síntomas gastrointestinales, mi curiosidad aumentó a medida que profundizaba en la herramienta utilizada por los investigadores para evaluar los síntomas gastrointestinales de los bebés, lo que me llevó al segundo artículo.
Con el fin de aportar cierta coherencia y objetividad, los investigadores de la Universidad Johns Hopkins desarrollaron un formulario denominado Cuestionario de síntomas gastrointestinales en lactantes publicado en 2015 que consiste en 13 preguntas que un miembro del personal clínico cualificado administra a los padres.[2]
Muchas preguntas son razonablemente objetivas, como: “¿Cuántas veces ha defecado el bebé con heces duras durante la última semana?” o “¿cuántas veces le ha salido leche por la boca al bebé en un día normal durante la última semana?”. Otras son poco específicas, como: “¿Cuánto tiempo suele llorar el bebé al día” o “¿cuántas veces no ha podido calmar al bebé para que dejara de llorar durante la última semana?”. Sin embargo, al menos dos preguntas introducen un posible sesgo que indica que el encuestador o el progenitor cree que existe una relación, posiblemente causal, entre los gases y la irritabilidad. Una es: “¿Cuántas veces los gases parecían causar molestias o irritabilidad al bebé?”. La otra pregunta: “¿Cuántas veces el bebé expulsó muchos gases o tuvo gases en un día normal de la semana pasada?”.
Sin duda, creo que la distensión intestinal por gases, un estómago demasiado lleno y el estreñimiento, pueden causar molestias significativas a un bebé pequeño. Sin embargo, considero que en lugar de la respuesta instintiva de que esto debe estar relacionado con los gases, los bebés pequeños que parecen presentar molestias merecen un análisis más amplio de lo que podría estar provocando su comportamiento compatible con cólico. Por ejemplo, una observación que merece mayor atención es la relación entre la migraña en adolescentes y adultos y los antecedentes de un diagnóstico de migraña infantil. ¿Podrían algunos bebés con cólicos estar padeciendo migraña?
Concluiré con una anécdota de hace 30 años. La joven madre de un bebé atendido en mi consultorio se quejaba de que su hijo tenía gases constantemente. La exploración del lactante fue normal, pero no tardé mucho en darme cuenta de que esta madre se había obsesionado con eliminar hasta la última burbuja de gas de su hijo. Atribuía cada comportamiento que mostraba el niño a los gases atrapados. Me describió cómo dedicaba gran parte de su día a hacerle eructar. Me mostró cómo le daba palmaditas en la espalda a ese pobre bebé, meciéndolo de un lado a otro una y otra y otra vez. Por supuesto, ya había probado todos los remedios habituales sin éxito antes de que yo los atendiera. Tanto ella como el pequeño bebé, sobreestimulado, sufrían falta de sueño como consecuencia de sus interminables manipulaciones. No recuerdo exactamente cómo elaboramos un plan para frenar su obsesión, pero al final funcionó.
Aunque es posible que la mayoría de los pediatras no se consideren tan obsesionados con los gases como esta desafortunada madre, tal vez sea el momento de ampliar nuestras opciones diagnósticas cuando nos enfrentemos a un bebé que llega a la consulta ya etiquetado como un lactante “con cólico”.
FUENTE: Medscape.com







