El auge de los probióticos: evidencia actual y recomendaciones

La evidencia actual, aunque heterogénea, ha mostrado que la microbiota tiene funciones digestivas, inmunológicas y metabólicas. Sin embargo, aún existe incertidumbre sobre las indicaciones para el uso de probióticos. Su popularidad, acompañada de más preguntas de investigación que llevan a estudios clínicos, hace que el uso de probióticos pueda considerarse como terapia complementaria en algunas patologías.

¿Qué son los probióticos y por qué importa la cepa?

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Dr. Aldo Maruy Saito

El Dr. Aldo Maruy Saito, pediatra gastroenterólogo del Hospital “Cayetano Heredia”, en Lima, Perú, magíster en educación superior, y vicepresidente de la Sociedad Iberoamericana de Microbiota, Probióticos y Prebióticos, explicó a Medscape en español que de acuerdo con la definición de la International Scientific Association for Probiotics and Prebiotics (ISAPP), los probióticos son “cultivos simples o mezclas de microorganismos vivos que administrados a animales o seres humanos confieren beneficio al huésped al mejorar las propiedades de la microflora intestinal original, siempre que se administren en cantidades suficientes para modificar, mediante implantación o colonización, la microbiota de algún compartimento del tracto digestivo”.

El especialista añadió que para que un microorganismo sea considerado un probiótico debe cumplir varios requisitos: permanecer viable hasta el momento de su administración, resistir el ácido gástrico y las sales biliares para llegar intacto al intestino, demostrar perfil de seguridad adecuado y sobre todo, aportar beneficio comprobado para el hospedero, destacando que los probióticos se clasifican según familia, género y especie y que pueden corresponder tanto a bacterias como a levaduras, además, cada cepa posee un ADN único que le confiere características funcionales y metabólicas propias que determinan sus efectos y beneficios específicos.

¿Existen alimentos probióticos?

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Dra. Mónica Lores

Un concepto que podría resultar en una pregunta de consulta es si el yogur y el kéfir son probióticos. La Dra. Mónica Lores, médica general por la Universidad Anáhuac, en México, máster en microbiota, probióticos y prebióticos por la Universidad Europea de Madrid, España, y actualmente investigadora posdoctoral en investigación biomédica en el Departamento de Pediatría de la Universidad de California, en San Diego, Estados Unidos, aclaró que ambos pertenecen al grupo de alimentos fermentados, los cuales pueden contener microorganismos vivos o compuestos con efecto prebiótico y aportar beneficios para la salud, como mejorar la tolerancia a la lactosa. Sin embargo, para que un alimento pueda considerarse un probiótico debe contener microorganismos vivos en cantidad suficiente para producir beneficio demostrado.

En el caso del kéfir resulta fundamental conocer la concentración de microorganismos (unidades formadoras de colonias por mililitro). Además, la especialista recordó que la mayoría de yogures comerciales es pasteurizada, proceso que quizá elimine microorganismos vivos, por lo que no todos pueden considerarse probióticos. En consecuencia, es importante que los profesionales de la salud conozcan exactamente qué están recomendando para que los y las pacientes tengan expectativas realistas sobre los beneficios del producto.

Guías clínicas que respaldan el uso de probióticos

En la actualidad existen diversas guías de práctica clínica que respaldan el uso de probióticos en situaciones clínicas específicas, entre ellas: Clinical guide to probiotic products available in USA (ISAPP 2026), Guía Ibero-latinoamericana de la Sociedad Latinoamericana de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica (LASPGHAN, Latin American Society for Pediatric Gastroenterology, Hepatology and Nutrition), publicada en 2025, Guía de la Organización Mundial de Gastroenterología (OMGE, World Gastroenterology Organisation, WGO) de 2023 y Guía de la Sociedad Europea de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica (ESPGHAN, European Society for Paediatric Gastroenterology, Hepatology and Nutrition) de 2022.

Estos documentos constituyen una referencia para valorar el uso de un probiótico en el abordaje de un paciente, siempre de acuerdo con la indicación clínica y la evidencia disponible. La Dra. Lores destacó que la guía estadounidense puede ser una herramienta de gran utilidad para los profesionales de la salud que deseen considerar los probióticos como parte del tratamiento de un paciente, ya que detalla cepas, indicaciones, dosis recomendadas y evidencia disponible. No obstante, señaló que es importante tener en cuenta que la disponibilidad de los productos y las recomendaciones pueden variar entre países.[1]

La evidencia sobre los beneficios de los probióticos apunta a buenos resultados

Cada vez son más patologías en las que se utilizan probióticos como terapia complementaria y otras en las que sus posibles beneficios se mantienen en investigación.

Por ejemplo, una revisión sistemática realizada en China evaluó la eficacia de los probióticos como tratamiento complementario en enfermedades alérgicas, incluyendo alergia alimentaria, asma, rinitis alérgica y dermatitis atópica en población pediátrica. Utilizando Lactobacillus, cepa que contribuye a modular la microbiota intestinal y potenciar la respuesta inmunitaria y Bifidobacterium, que favorece la integridad de la barrera intestinal y reduce la inflamación. El equipo autoral observó que las formulaciones de probióticos que contienen cepas de Lactobacillus y Bifidobacterium mostraron resultados consistentes.[2]

Además, un artículo de revisión sobre el uso de probióticos para pacientes oncológicos destaca su capacidad para modular la microbiota intestinal promoviendo efectos antiinflamatorios y antioxidantes, reduciendo el metabolismo de sustancias carcinógenas, estimulando la respuesta inmunitaria y potencialmente inhibiendo el crecimiento tumoral. Asimismo, se ha descrito que pueden disminuir algunos efectos adversos asociados a la quimioterapia.[3]

En este contexto, el Dr. Maruy destacó que ya existen cepas con evidencia clínica y recomendaciones en guías de práctica clínica para indicaciones específicas.

  • Lactobacillus rhamnosus GG (LGG) y Saccharomyces boulardii se recomiendan para la prevención de diarrea asociada a antibióticos.
  • Saccharomyces boulardii (principalmente la cepa CNCM I-745) como coadyuvante en la erradicación de Helicobacter pylori.
  • Limosilactobacillus reuteri DSM 17938 para cólicos en lactantes con lactancia materna y dolor abdominal funcional en menores de 18 años.
  • Lactobacillus rhamnosus GG para la alergia alimentaria.[1]

La Dra. Lores puntualizó que aunque en algunas patologías se requiere evidencia más sólida, cada vez existe mayor interés por comprender el papel de la microbiota en la salud. Actualmente se investiga su posible relación con enfermedades neurodegenerativas, trastorno del espectro autista, fertilidad, enfermedades cardiovasculares e incluso respuesta al alcohol. Aunque muchos de estos hallazgos aún deben confirmarse, señaló que reflejan el creciente potencial de la modulación de la microbiota como estrategia para favorecer la salud y regular la respuesta inmunitaria.

¿Cómo seleccionar probióticos en la práctica clínica?

Una pregunta muy frecuente es acerca de quién debe indicar un probiótico y si la decisión corresponde únicamente a especialistas o también puede tomarla el médico o médica de atención primaria. La Dra. Lores consideró que cualquier profesional de la salud con formación en el tema, ya sea profesional médico o incluso un nutricionista, puede recomendar probióticos cuando exista una indicación respaldada por evidencia científica.

Asimismo, manifestó que estudiar microbiota, probióticos y prebióticos debería incluirse en la formación de profesionales de la salud, ya que cada vez existe mayor evidencia sobre el impacto a la salud que tiene una microbiota equilibrada.

Ambos especialistas coincidieron en que la selección de un probiótico debe basarse en varios criterios:

  1. Seleccionar la cepa adecuada, ya que los beneficios no dependen únicamente del género o de la especie, sino de la cepa específica. “Cada bacteria tiene nombre y apellido”, explicó el Dr. Maruy. Un ejemplo es Escherichia coli: mientras que la cepa Escherichia coli Nissle 1917 se utiliza como probiótico por su capacidad para reforzar la barrera intestinal y modular la respuesta inmunitaria, otras cepas de esta especie son enteropatógenas y pueden causar enfermedad, complementó la Dra. Lores.
  2. Verificar que exista evidencia científica y recomendaciones que respalden el uso de esa cepa para la situación clínica específica (cepa-especificidad).
  3. Administrar la dosis adecuada considerando las unidades formadoras de colonias [UFC] o miligramos [mg], según producto, frecuencia de administración y duración del tratamiento.
  4. Revisar qué control de calidad tiene el producto prescrito para garantizar la viabilidad de los microorganismos hasta su llegada al intestino, su estabilidad durante el almacenamiento y que la dosis indicada corresponda realmente al contenido del producto, ya que algunos probióticos comercializados pueden no cumplir con estos requisitos.
  5. De ser posible, investigar si los probióticos a prescribir son fabricados bajo una certificación de buenas prácticas de manufactura y almacenamiento, como garantía adicional de calidad y seguridad.

Riesgos, contraindicaciones y precauciones

Como ocurre con cualquier intervención terapéutica, al indicar un probiótico es fundamental valorar el balance entre sus beneficios y sus posibles riesgos. El Dr. Maruy indicó que una característica esencial para que un microorganismo sea considerado un probiótico es que sea seguro y no produzca enfermedad. No obstante, se han descrito casos de dolor abdominal, flatulencia e incluso septicemia, principalmente en personas con compromiso del sistema inmunitario.

Por ello, ambos especialistas recomendaron evitar su uso en personas con desnutrición grave, inmunodepresión, presencia de catéter venoso central, endocarditis, inmunodeficiencias conocidas o en recién nacidos prematuros de muy bajo peso (menos de 1.000 g). Asimismo, puntualizaron que la indicación de un probiótico debe individualizarse y basarse en una evaluación clínica integral que permita determinar para qué se indica y seleccionar cepa, dosis y duración del tratamiento más apropiados.

Rompiendo mitos sobre probióticos

En la actualidad existen diversos mitos en torno al uso de los probióticos. El Dr. Maruy destacó que uno de los principales es pensar que “todos son iguales y sirven para todo. Eso es falso, porque cada probiótico tiene indicaciones específicas; por eso insistimos en la importancia de la cepa”. En este sentido, señaló que la prescripción no debería limitarse a indicar “probióticos para la diarrea”, sino especificar la cepa con evidencia de eficacia y seguridad, como Saccharomyces boulardii CNCM I-745 en la diarrea asociada a antibióticos.

Otro mito frecuente es creer que “más es mejor”. Ambos expertos coincidieron en que un probiótico con mayor cantidad de microorganismos o una formulación con múltiples cepas no necesariamente será más eficaz. El Dr. Maruy explicó que el beneficio depende de la cepa específica, la dosis —expresada en unidades formadoras de colonias (UFC)— y la indicación clínica. Asimismo, advirtió que las formulaciones multicepa pueden presentar incompatibilidad entre microorganismos, competencia por nutrientes o liberación de sustancias que disminuyan los efectos beneficiosos de otras cepas.

La Dra. Lores agregó que también existen enfermedades en las que determinados probióticos no han demostrado utilidad, como ocurre con algunas diarreas causadas por rotavirus, destacando que no solo se debe seleccionar la cepa adecuada, sino que es fundamental comprobar que el probiótico cuente con certificación de calidad y que su eficacia y seguridad hayan sido demostradas en ensayos clínicos. “Existen muchos estudios in vitro e in vivo, pero lo más importante es la evidencia clínica: qué muestran los ensayos, qué cepa se evaluó y cuál es la dosis que realmente funciona”.

Finalmente, otro mito es considerar que los probióticos son inocuos. La Dra. Lores precisó que su indicación debe individualizarse, ya que la respuesta depende de múltiples factores, entre ellos composición de la microbiota intestinal, estado del sistema inmunitario, características del hospedero e incluso factores genéticos y epigenéticos. “Hay pacientes que responden muy bien y otros en los que el beneficio es menor o incluso inexistente. Por tanto, la recomendación de un probiótico nunca debe generalizarse”.

El Dr. Muray y la Dra. Lores han declarado no tener ningún conflicto de interés económico pertinente.

FUENTE:  Medscape Medical News © 2026 WebMD, LLC

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