La contaminación deja huella en la salud: un estudio encuentra más microplásticos en pacientes con infarto

La investigación sugiere que fumar y respirar aire contaminado podrían facilitar la entrada de estas diminutas partículas al torrente sanguíneo a través de los pulmones

La sangre que circula por las arterias lleva oxígeno, nutrientes y mucha información sobre nuestro estilo de vida. Ahí, en el caudal que avanza por esas tuberías e irriga el corazón, deja huella el sedentarismo, nuestra alimentación más o menos saludable y también, según un artículo reciente, la contaminación a la que estamos expuestos. Una investigación publicada este miércoles en la revista European Heart Journal ha detectado más microplásticos en la sangre de pacientes con infartos que en personas sanas o con una cardiopatía isquémica crónica. En fumadores y personas más expuestas a la contaminación del aire también se observó una mayor presencia de estos materiales microscópicos. 

Los autores creen que sus hallazgos dan un espaldarazo a toda esa evidencia creciente que ya advertía de que la contaminación ambiental podía afectar a la salud cardiovascular. “Estos hallazgos no prueban que los microplásticos causen infartos, pero revelan una fuerte asociación entre la exposición ambiental, la presencia de microplásticos en la sangre y las enfermedades cardiovasculares. En nuestro estudio, el historial de tabaquismo se relacionó con la presencia de microplásticos en la sangre. Nuestros hallazgos sugieren que fumar podría facilitar la entrada de microplásticos y nanoplásticos al torrente sanguíneo a través de los pulmones. La contaminación del aire podría actuar de manera similar”, sintetiza Emanuele Barbato, director de la Unidad de Cardiología del Hospital Universitario Sant’Andrea de Roma y autor del estudio, en un comunicado. Otros expertos advierten, con todo, de que medir la presencia y el efecto real de los microplásticos en la salud sigue siendo un reto técnico y reclaman más estudios y técnicas más afinadas de detección antes de extraer conclusiones firmes.

El planeta está infestado de plásticos. Y cuando estos se van degradando en fragmentos más pequeños —los microplásticos son trocitos de menos de cinco milímetros— pueden diseminarse sin freno por todas partes, también por el cuerpo humano. Se han encontrado dentro del hígado, el riñón, el intestino o el cerebro humano, entre otros tejidos. Y cada vez hay más preocupación por el impacto que estas diminutas partículas pueden tener en la salud. 

La evidencia sobre el efecto de los microplásticos en la salud cardiovascular es limitada. Los mismos autores de este estudio, en otra investigación publicada en 2024, encontraron micro y nanoplásticos en placas de ateroma (acúmulos de grasa que se pegan a la pared de las arterias) y asociaron la presencia de estos contaminantes con un mayor riesgo de infarto e ictus. Pero la carga de microplásticos en la sangre de personas con síndrome coronario (un grupo de enfermedades caracterizadas por una interrupción en el flujo sanguíneo al corazón) seguía siendo, hasta ahora, una incógnita, explican los autores. 

En este nuevo estudio, los científicos reclutaron 61 pacientes: unos estaban diagnosticados con infarto de miocardio, otros con cardiopatía isquémica crónica y otros tenían las arterias coronarias normales. “Elegimos estos tres grupos porque son representativos de todo el espectro de la enfermedad coronaria en la vida diaria: desde una circulación coronaria normal, pasando por una enfermedad estable de larga duración, hasta un accidente cardiovascular agudo”, exponen Emanuele Barbato y Pasquale Paolisso, en una respuesta a EL PAÍS. 

Tras analizar la sangre, encontraron que el 84% de los pacientes con infarto tenían microplásticos. La frecuencia bajaba al 40% en las personas con enfermedad crónica y apenas llegaba al 32% en personas con arterias coronarias normales. “El hallazgo de que la carga de plástico era mucho mayor en pacientes con infarto nos orientó hacia una posible relación con la inestabilidad de la placa [de ateroma] y los eventos agudos, en lugar de con la enfermedad estable únicamente”, cuentan. 

El tabaquismo, un predictor

Los autores también encontraron que el tabaquismo era un predictor de la presencia de microplásticos: en todos los fumadores con infarto hallaron partículas, mientras que no las encontraron en ninguno de los participantes sanos no fumadores. Y lo mismo sucede con la exposición a contaminantes del aire, como las partículas finas (PM2,5). “Ambas exposiciones parecían potenciarse mutuamente: todos los pacientes que fumaban y vivían en zonas con alta contaminación atmosférica presentaban plásticos detectables, en comparación con solo uno de cada ocho de los que no fumaban ni estaban muy expuestos”. 

Los autores hipotetizan un sentido biológico a este vínculo: “Tanto el humo del cigarrillo como el aire contaminado pueden transportar microplásticos o facilitar su inhalación y su paso de los pulmones al torrente sanguíneo. Nuestra interpretación es que fumar y la contaminación atmosférica actúan, en efecto, como vectores —transportadores y facilitadores— de microplásticos”. Y hacen una reflexión “cautelosa”: “No afirmamos que los microplásticos sean la razón por la que fumar y la contaminación atmosférica dañan el corazón, pero parecen estar asociados a ellos”. 

Los autores admiten que el número de pacientes de este estudio es limitado y los resultados no se pueden entender como definitivos ni hechos establecidos, pero sí como generadores de una hipótesis. “Los resultados respaldan la idea de que los contaminantes ambientales —y potencialmente los microplásticos— pertenecen al mismo grupo que los factores de riesgo tradicionales como el colesterol, la presión arterial, la diabetes y el tabaquismo, dentro del concepto más amplio de exposoma ambiental”, subrayan. 

Hasta ahora, recuerdan, la evidencia disponible sobre el vínculo entre microplásticos y enfermedad cardiovascular se limitaba a experimentos en laboratorios y con animales. Su estudio, dicen, amplía el panorama porque “es uno de los primeros en detectar y medir estas partículas directamente en la sangre coronaria ‘viva’ —la sangre que fluye por las arterias que irrigan el corazón— y hacerlo en todo el espectro de la enfermedad coronaria”. “Este diseño nos permite mostrar un gradiente claro: la carga de plástico aumentó en proporción a la gravedad de la presentación clínica”.

Otra novedad, agregan, es esa relación entre la presencia de estas partículas y exposiciones ambientales específicas, como el tabaquismo o la contaminación del aire. “Esto replantea el tema de los microplásticos, no como una curiosidad aislada, sino como un eslabón más en un exposoma ambiental más amplio, interconectado con el aire que respiramos y nuestros hábitos, y refuerza la necesidad de estudiar y abordar estas exposiciones de forma conjunta, en lugar de hacerlo de forma aislada”, apuntan. 

Un estudio con limitaciones

Ignacio Fernández Lozano, presidente de la Sociedad Española de Cardiología, considera que esta investigación “tiene mucha relevancia porque sale una relación potente entre microplásticos e infarto”, aunque recuerda: “No se puede establecer causalidad”.

En declaraciones al portal SMC, algunos expertos se muestran más cautelosos y recuerdan la dificultad de medir microplásticos en sangre humana o de identificar todas las vías de exposición a estas partículas. Thava Palanisami, jefe de equipo del Laboratorio Australiano de Investigación e Innovación en Plásticos de la Universidad de Newcastle, celebra que el estudio sume evidencia “de que la contaminación por plásticos es un problema emergente de salud pública que merece una atención seria”, pero plantea otra limitación: “[El estudio] no distinguió si los efectos biológicos observados estaban causados por las propias partículas, por las sustancias químicas que transportan o por la exposición conjunta a otros contaminantes ambientales, como la contaminación atmosférica y el humo del tabaco”.

FUENTE: ELPAIS.COM

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