La digitalización del trabajo ha mejorado la flexibilidad y la productividad, pero también ha introducido nuevas demandas psicosociales que pueden afectar a la salud mental. Entre ellas, el tecnoestrés se ha consolidado como un riesgo laboral emergente: una respuesta negativa al uso de tecnologías cuando las exigencias digitales superan los recursos, las habilidades o la capacidad de afrontamiento de la persona.
Definición de tecnoestrés
El término fue acuñado en 1984 por el psiquiatra estadounidense Craig Brod, quien lo describió como una enfermedad de adaptación derivada de la dificultad para manejar los ordenadores de forma saludable. La definición más utilizada hoy en España procede de la investigadora Marisa Salanova y se recoge en la nota técnica de prevención número 730 del Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo: un estado psicológico negativo asociado al uso de tecnologías o a la amenaza de su uso futuro, condicionado por la percepción de un desajuste entre demandas y recursos, que desemboca en una activación psicofisiológica desagradable y en actitudes negativas hacia esas herramientas.[1]
Un estudio publicado en la revista Nutrients con 104.175 trabajadores españoles ha vuelto a poner sobre la mesa un concepto que la investigación en salud laboral lleva cuatro décadas afinando. El trabajo, firmado por Marta González Rivas, Ángel Arturo López-González y sus colaboradores de la escuela universitaria ADEMA, adscrita a la Universidad de las Islas Baleares y del servicio de salud de las Islas Baleares, analiza la relación entre los hábitos de vida saludables y los niveles de tecnoestrés. Pero antes de medir cualquier asociación hay una pregunta previa: ¿qué se está midiendo exactamente?[2]
Los autores de este estudio lo describen como una forma de estrés que aparece cuando las demandas relacionadas con la tecnología superan los recursos, las habilidades o la capacidad de afrontamiento de una persona. No se trata, por tanto, de un rechazo genérico a las pantallas, sino de un desajuste: por un lado están las exigencias que impone el entorno digital del trabajo; por otro, lo que cada trabajador tiene para responder a ellas.
Cinco caras del mismo fenómeno
La publicación de Nutrients evaluó el tecnoestrés a través de un cuestionario breve de quince preguntas, con tres preguntas por cada una de las cinco dimensiones que suelen describirse en la literatura:
- Tecnosobrecarga: la sensación de que la tecnología obliga a trabajar más deprisa y durante más tiempo.
- Tecnoinvasión: la conectividad permanente que difumina la frontera entre la vida laboral y la personal.
- Tecnocomplejidad: la percepción de que las herramientas son tan complicadas que uno se siente incompetente.
- Tecnoinseguridad: el temor a perder el puesto frente a quienes dominan mejor esas herramientas o frente a la automatización.
- Tecnoincertidumbre: el desgaste de tener que reaprender continuamente porque los sistemas cambian sin parar.
La nota técnica del Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo ordena el fenómeno de otra manera, distinguiendo tres manifestaciones. La tecnoansiedad, la más conocida, combina tensión y malestar por el uso presente o futuro de la tecnología con pensamientos negativos sobre la propia competencia; su forma extrema es la tecnofobia. La tecnofatiga se caracteriza por cansancio y agotamiento mental, e incluye lo que se ha llamado fatiga informativa, derivada de la sobrecarga de información. Y la tecnoadicción describe el uso compulsivo y prolongado de dispositivos en todo momento y lugar.[3]
Lo que aporta el nuevo estudio
El trabajo español clasificó el tecnoestrés en cuatro niveles —bajo, moderado, alto y muy alto— a partir de la puntuación media de las quince preguntas, y cruzó ese resultado con una puntuación de estilo de vida saludable construida con tres conductas: actividad física regular, alta adherencia a la dieta mediterránea y no fumar.
En declaraciones para Univadis España, el Dr. Ángel Arturo López González, vicerrector de investigación de la Universidad de Mallorca y autor de correspondencia de la investigación, afirmó que “los resultados sugieren que no parece bastar con incorporar un único hábito saludable de forma aislada. El cambio más marcado aparece cuando coinciden al menos dos de los tres comportamientos que estudiamos: actividad física regular, buena adherencia a la dieta mediterránea y no fumar. Esto podría indicar que existe un efecto acumulativo o sinérgico sobre la capacidad del trabajador para afrontar las demandas digitales”.
“Desde el punto de vista neurobiológico, la actividad física probablemente sea uno de los principales candidatos para explicar esta asociación. El ejercicio regular se relaciona con una mejor regulación del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, un mejor equilibrio del sistema nervioso autónomo, menor inflamación sistémica y una mayor capacidad de regulación emocional y recuperación frente al estrés. La dieta mediterránea podría actuar de manera complementaria a través de mecanismos antiinflamatorios y antioxidantes, de la regulación metabólica y de la interacción entre la microbiota intestinal y el cerebro. El hecho de no fumar también evita los ciclos de activación y abstinencia asociados a la dependencia de nicotina, que pueden contribuir a la vulnerabilidad frente al estrés”.
““Desde el punto de vista psicosocial, estos hábitos también pueden favorecer un mejor descanso, mayor percepción de bienestar y una mejor capacidad de recuperación después de la jornada laboral. Todo ello podría aumentar los recursos personales disponibles para enfrentarse a fenómenos característicos del tecnoestrés, como la sobrecarga de información, las interrupciones continuas, la necesidad de adaptación tecnológica y la invasión del tiempo personal por las comunicaciones laborales”.
“No obstante, debemos ser prudentes: nuestro estudio demuestra una asociación, no una relación causal. Al tratarse de un estudio transversal, no podemos afirmar que adoptar dos hábitos saludables vaya a producir por sí mismo esa reducción del tecnoestrés. El patrón observado plantea una hipótesis muy interesante que debería confirmarse mediante estudios longitudinales y de intervención”.
Un problema con dimensión organizativa
La publicación sobre hiperconectividad y salud mental en el ámbito laboral publicada por el Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo en 2025, con 1.847 trabajadores españoles, refuerza esta lectura desde otro ángulo. Quienes presentaban niveles muy altos de hiperconectividad casi triplicaban la probabilidad de tener síntomas de ansiedad y duplicaban la de trastorno depresivo. Ese informe subraya un punto clave: cuando las empresas fomentan de forma sistemática acciones de desconexión digital, el riesgo de estar muy hiperconectado se reduce a la mitad.
La conclusión que comparten las tres fuentes es la misma: el tecnoestrés no es un problema de torpeza individual, sino un riesgo psicosocial evaluable y prevenible, sobre el que las organizaciones tienen margen de actuación mediante formación, participación de las plantillas en la implantación de herramientas y diseño tecnológico amigable.
El Dr. López González subrayó que “los hábitos saludables no deben utilizarse para trasladar al trabajador la responsabilidad de un problema que también es organizativo”.
“La principal implicación práctica de los resultados de la investigación no es sustituir las medidas organizativas por recomendaciones individuales de estilo de vida, sino integrar ambas estrategias. Si una empresa genera hiperconectividad, interrupciones permanentes, sobrecarga digital o expectativas de disponibilidad fuera del horario laboral, no podemos pretender compensarlo simplemente recomendando a los trabajadores que hagan ejercicio o coman mejor”, dijo.
“La primera línea preventiva debe actuar sobre el origen laboral del tecnoestrés: políticas reales de desconexión digital, límites a las comunicaciones fuera de jornada, gestión adecuada de la carga de trabajo y de las notificaciones, formación ante la introducción de nuevas tecnologías, apoyo técnico y participación de los trabajadores en los procesos de digitalización. Sobre esa base organizativa, los programas de promoción de la salud pueden añadir una segunda capa de protección. Por tanto, plantearíamos una prevención en dos niveles: reducir la exposición a los estresores digitales desde la organización y, simultáneamente, reforzar los recursos de recuperación y resiliencia de los trabajadores mediante la promoción de hábitos saludables. Es probablemente esa combinación, y no una medida aislada, la que ofrece un enfoque más completo de salud laboral en entornos cada vez más digitalizados”.
En definitiva, es indispensable adoptar un enfoque integrador que combine el diseño ergonómico de los puestos de trabajo digitales, el derecho a la desconexión digital fuera de la jornada laboral y la promoción de estilos de vida saludables en el ámbito corporativo. Fomentar entornos que apoyen el bienestar físico, la práctica deportiva y una nutrición adecuada contribuye de manera decisiva a dotar a los profesionales de mayores recursos fisiológicos y psicológicos para hacer frente a las exigencias de la digitalización moderna.
Referencias
- González Rivas M, López-González ÁA, González Carrasco D, y cols. Healthy lifestyle behaviors and technostress: A combined lifestyle score analysis in 104,175 Spanish workers. Nutrients.2026;18(17):2754. doi:10.3390/nu18172754. Fuente
- Salanova M, Llorens S, Cifre E, Nogareda C. NTP 730: Tecnoestrés: concepto, medida e intervención psicosocial. INSST; 2006. Consultado en versión electrónica. Fuente
- Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo. Estudio sobre la hiperconectividad y la salud mental en el ámbito laboral. Ministerio de Trabajo y Economía Social; 2025. Consultado en versión electrónica. Fuente
FUENTE: espanol.medscape.com







